18.6.17

La actualidad de los clásicos literarios

Expuestos a la luz o escondidos en los rincones más insospechados de nuestro hogar, los clásicos de la literatura universal están ahí. Permanecen firmes al avance del tiempo hasta el punto de parecernos a nosotros, los jóvenes lectores, unos colosos implacables para el entendimiento e incompatibles con el ocio. Son libros de cuya existencia somos conscientes por muy de lado que los dejemos, y a veces querríamos leerlos pero otras nos repelen.

Quizá, que el primer contacto con alguna de estas momias literarias sea incómodo se puede justificar por la presión escolar sobre la vital importancia de su lectura. Nunca falla el profesor o la profesora de Lengua a los que les encanta mitificar las grandes obras en sus clases. Aun así este método de imponer los clásicos como lectura no da la sensación, a mi parecer, de conseguir su propósito: aficionar a adolescentes a su lectura.

También cabe la posibilidad de que esta sociedad –«la sociedad de consumidores» como diría el sociólogo Zygmunt Bauman– amoldada al funcionamiento de los mercados, funciona según una de sus lógicas: consumiendo los libros que están de moda, con prestigio social y que generan un amplio margen de beneficios. Aunque siempre –o no– ha existido la literatura de masas, fenómenos como “After”, “Los juegos del hambre” o “Crepúsculo” solamente se pueden entender debido a una extensión rápida y cuantitativa –pero no cualitativa– del alfabetismo junto a una banalización del  criterio lector a favor de los intereses económicos de la industria.

 La diacronía por parte del sector juvenil puede venir influenciada por muchas otras motivaciones que no viene al caso enumerar. Pero, sin lugar a dudas, tanto la mitificación como las tendencias culturales dominantes en España son, al menos desde un conocimiento sensorial, dos de las razones más importantes por las que los libros de primera clase son apartados del día a día como si su lectura fuese anacrónica e inútil.

No cuesta mucho indagar por la red –os invito a ello, me es inviable mostrar todos los ejemplos que hay– y ver cómo adolescentes que leen casi a diario (incluso tienen inclinaciones por la escritura o por reseñar obras literarias en sus propios blogs) tachan a los clásicos de aburridos, densos, complicados, pasados de moda, sobrevalorados y un largo etcétera.

¿Pasados de moda? No tiene mucho sentido que desde un bando se afirme esto; pero por otro muy distinto, la crítica seria –los académicos y literatos que como Javier del Prado o M. Murguía dedicaron horas de su trabajo a la difusión y estudio de grandes autores como Marcel Proust o Ramón de Valle-Inclán–, los vistan de perennes y universales.

La actualidad de los clásicos, no hay que engañarse, no puede ser la misma que la que nos brinda una obra reciente. Eso es cierto. Las historias y personajes irán en relación a la época y sociedad en la que fueron escritos, pero como dijo Ítalo Calvino: «son libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado. »

Son libros que han sabido destacar dentro de su movimiento literario por su técnica o por tener un “efecto de resonancia”, adaptándose así no sólo a un público concreto en el tiempo y en el espacio; sino a un lector  (un conjunto de lectores, mejor dicho) de otra época y lugar que ha podido sentirse identificado con ellos, realizar paralelismos entre la realidad narrada y la suya, aprender algo nuevo o matizar un conocimiento ya sabido. Y esto no es algo exclusivo de obras viejas, si hurgamos concienzudamente vemos que otras más jóvenes como Juego de Tronos reúnen las mismas características.

La verdadera actualidad que pueda tener o no un ejemplar de Niebla, por poner un ejemplo, se concreta en el momento mismo en que uno se dispone a leer la nívola. Y varía. Por supuesto que lo hace, cambia según cuáles sean los ojos y la mente que realicen lectura. Y lo mucho que algunos o algunas sean capaces de entrever en la obra un brillo de eternidad, de similitudes o incluso goce; serán quienes mejor lo entiendan.

La única certeza que se puede sacar a la luz, después de todo, es que del mismo modo en que una obra se declara clásica, puede llegar un momento determinado en que deja de serlo: cuando es olvidada, descatalogada y ninguna editorial se molesta en reeditarla. Al final lo que dicta sentencia sobre los libros –clásicos, antiguos, juveniles o adultos– es su capacidad de producir ingresos o el empeño de algún hipotético colectivo que esté dispuesto a publicitarlos.


14.6.17

Poemas de Mao Tse Tung I

Tanto este poema como los venideros son extractos del libro Mao y la Revolución china  de Jerome Ch'ên. Editado y publicado por Ediciones Orbis S.A en 1965. El material del libro es más extenso que mera poesía, esta la comparto debido a que el libro ya no aparece en catálogos y es difícil de encontrar.

Agradecer a Isidro Molas y a Luis Avilés por la traducción.


La torre de la grulla amarilla (1927)

A través del país
corren los nueve afluentes
repletos, repletos.
De norte a sur
corta una línea
honda, honda.
En la bruma azul
de la lluvia y la niebla
se elevan, confusas, sobre el agua
las colinas de la Serpiente y la Tortuga.

La grulla amarilla
se ha marchado
¿Quién sabe dónde ha ido?
Sólo queda
este lugar de reposo para el viajero
Levanto mi vaso y brindo
por el embravecido torrente.
La marea de mi corazón
sube tan alta como las olas.


3.3.17

El retrato de Dorian Gray - Oscar Wilde





“Existe cierta fatalidad en toda distinción física e intelectual, esa especie de fatalidad que parece perseguir el tambaleante paso de los reyes. Es mejor no ser diferente a nuestros semejantes. Los feos y los tontos se llevan la mejor parte de este mundo. Pueden sentarse cómodamente mirar boquiabiertos la obra. Si nada saben de victorias, al menos se ahorran conocer la derrota. Viven como todos debiéramos vivir, no molestados, indiferentes, y sin inquietud”

Tras un tiempo largo, vuelvo a las andadas con el pie derecho pues la obra que me he leído es tachada, ni más ni menos, de clásica. Y su autor, Oscar Wilde, una de las plumas más prestigiosas que ha dado la Inglaterra de siglo XIX.

La estructura de la novela se apoya en un esquema que enfatiza en un ritmo circular de la acción que transcurre en esta.  Ciertos aspectos de la trama se reiteran en determinados capítulos del libro, con ciertas variantes. Tiempo, espacio y el diseño de algunas escenas colaboran a dar esa impresión y que permiten la fijación, por parte del lector, hacia el tema central de la novela que no tiene una externalidad propia.

Un tema amplio y que se constata sobretodo en los diálogos de los personajes principales: el debate sobre el arte, el artista, sus características y su fin único como actividad cultural altamente reputada entre los intelectuales de siglo XIX.

Un arte presentado –estando yo en desacuerdo– como un ente superior a cualquier expresión de la sociedad. Un ente capaz de crear conductas, pero que debe mantenerse separado de las limitaciones morales impuestas en las diferentes sociedades a raíz de una tradición cultural y/o religiosa. Se ven, con claridad, las influencias que tiene la concepción humanista de la expresión artística y de la cultura en general.

En cuanto a la trama, esta gira en torno a la vida de Dorian Gray y su interacción con los progresivos cambios de apariencia del cuadro que le pintó Basil. El debate por la eternidad de la belleza y la corrupción moral que desencadena tal obsesión por el cuadro. Obsesión por él y porque no sea visto por nadie. Un secreto que acaba siendo la agonía de Dorian Gray y el causante y resultado al mismo tiempo de la tragedia.

La evolución psicológica, consecuentemente, es un rasgo marcado de la novela y un elemento indispensable para que esta pueda funcionar con fluidez y sentido. Por mi parte, poco que comentar al respecto.


A modo de conclusión, y un poco harto ya de terminar las reseñas de una manera tan parecida, añadir la enorme relación de la novela con el entorno social y científico en el que se encuentra el autor; ofreciendo a la obra una complejidad mucho mayor cuya comprensión traspasa el papel del libro y requiere cierta tarea de investigación.

12.2.17

Esencia

Se levantó temprano y, sin llevarse nada a la boca, salió a la calle con el grueso pijama que le regalaron por su cumpleaños dos semanas atrás. Se había despertado con mucha hambre, pero no una cualquiera; le apetecía uno de esos deliciosos dulces pecados que se derriten en la boca al morderlos, produciendo un orgásmico placer al sentir en el paladar el sabor y la textura del chocolate con leche expandiéndose.

En la calle hacía frío, una temperatura completamente normal para el tercer día del año. Por suerte, no había que caminar demasiado para llegar al horno ya que este estaba justo enfrente de su portal. Cruzó la calle con un pensamiento que babeaba por un donut y, al contrario, con una boca que escupía insultos y maldecía tener un local cerca cuyo escaparate era el centro de tantas tentaciones y el causante de que muchas promesas de adelgazar estuviesen rotas.

 –¡Buenos días! –dijo enérgicamente el dependiente nada más verle cruzar el umbral de la puerta haciendo, como es típico, que sonasen unas metálicas campanitas.

 –Buenos días  –saludó este quitándose las legañas de los ojos –. A ver que hay…  –inclinó el tronco superior de su cuerpo hacia delante para echarle mejor ojo al conjunto de bollería que había en el mostrador.

 –Los donuts están recién hechos y Lorena está ahora mismo haciendo los croissants rellenos de chocolate –pareció excusarse, el hornero.

 –No me voy a complicar, Toni, una napolitana… –respondió, sacando del bolsillo unas cuantas monedas – ¿Un euro y veinte eran, no?

–El hombre es un animal de costumbres, Guillermo –se agachó con una bolsa en una mano y unas grandes pinzas, cuyos bordes contenían lo que parecían ser restos de otros productos, en la otra –. Sí, es un euro y veinte céntimos.

Guillem pagó con el dinero justo, cogiendo al mismo tiempo la bolsa sujetada por el currante, y salió al exterior despidiéndose con un modesto gesto con el brazo que tenía libre. Atravesó la calle, de nuevo, en dirección contraria, para meterse de nuevo en el portal de su casa. Llamó al ascensor del cual, una vez llegar a la planta baja, salieron un par de vecinas con quienes intercambió un buenos días desinteresado. Apretó el octavo y empezó a subir.


Cerró la puerta de su apartamento, dejando tras de sí otra historia más que conforma la cotidianidad  que, en apenas unos días, ni tan siquiera recordará. Dejó la bolsa con la napolitana en la mesa de la cocina y preparó un café. Tras unos minutos, en los que un ruido peculiar (cuanto menos) indicaba que ya era hora de retirar la cafetera del fuego. Vertió el líquido sobre un vaso lleno de leche tibia. Cogiéndolo, se volteó y se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa. Dio un sorbo y, después, sacó la napolitana dándole un mordisco. ¡Qué bien sienta el pecado!, pensó.

Allí estaba él, frente una casa nueva, avasallado de muebles nuevos, de objetos recién comprados… Una casa que le era desconocida, fría, con la que no compartía anécdotas y recuerdos, un hogar que no le abrigaba el calor que suelen dar las cuatro paredes en las que te has criado. Un cambio brusco, un entorno hostil… La señal del paso del tiempo, del final de una adolescencia que jamás volverá; una juventud, una etapa entera de la vida que, si bien todavía no se ha apagado en él, va poco a poco extinguiéndose.

Recordaba el pueblo, el cual seguía visitando de vez en cuando, y la opresión en el pecho que le daba el pasear entre sus calles. Observaba la vida que en ellas se generaba como si fuesen las mismas que hacía apenas unos años, como si nada hubiese cambiado. Pero, en el fondo, nada era como antes. Aunque todo parecía permanecer en su sitió, aunque su corazón pretendiera creer lo contrario. Pese a no ser la existencia más feliz, le llenó de buenos y alegres momentos de los que sólo quedan imágenes y amistades oxidadas. Un corazón que batalla con la razón, que pretende aceptar la realidad. Ni Guillermo ni yo sabemos bien qué causa tal aflicción.


Él sonreía mientras sus labios besaban el borde del vaso. Por lo menos le quedaba el café, molido, empaquetado y producido por una fábrica de su pueblo. Un aroma que todas las mañanas le embriagaba en un aroma de recuerdos que, pese a dejar en él un sentimiento triste, daban calma a la tormenta que se daba en su pecho.

30.1.17

Señora de rojo sobre fondo gris - Miguel Delibes

Ficha técnica.

Título: Señora de rojo sobre fondo gris.
Autor: Miguel Delibes.
Editorial: ANAGRAMA S.A
Publicación: 2009.
Nº de págs: 213 páginas.


Sinopsis.


Como si se tratara de un exorcismo, un viejo pintor recuerda ante su hija la figura de su esposa, ya fallecida.  El relato se enmara en los acontecimientos del verano y otoño de 1975, momento convulsionado por los avatares de una España en plena transformación. Pero la imagen de Ana, señora de rojo sobre fondo gris de la vida cotidiana, permanece inalterable.






«Pero, tras la sobremesa, acechaba de nuevo el suplicio del lienzo en blanco. Ante él me invadía una sensación de frustración, como si nunca hubiera pintado: su blancura me mareaba y, en principio, no osaba mancharlo y,  si me resolvía a hacerlo, resultaba inevitablemente un borratajo».

«¿Qué valor tenía saber que había sido, si había dejado de ser? Incluso llegué a pensar que mi importancia como pintor fue un vano intento, que sólo existió la voluntad de tu madre de que lo fuera y, ahora que ella languidecía, el gran fraude se ponía en manifiesto».

Quizá he abusado un poco de mi potestad como bloguero literario el meter dos citas relativamente largas, pero es que de ellas el libro está llena. Una narrativa que no me esperaba encontrar tan pronto después de haberme leído varias obras de Juan José Millás.

Una capacidad de exponer con detalle y sutileza sentimientos humanos que personalmente envidio en ambos escritores. Esa habilidad por escribir una obra cuyos pilares más gruesos son el monólogo y la construcción psicológica del personaje –así como la forma en la que este vive su vida–; y que, aun resultando complejo, son capaces de llegar a un punto profundo de nuestra alma y revolvernos el estómago al identificarnos tanto con lo que describen, lo que está por llegar… la muerte de un ser querido.

Concretando en Señora de rojo sobre fondo gris, os puedo asegurar que el escritor puso todo su corazón, pues investigando un poco supe que la obra iba especialmente dedicada a su mujer y a su prematura muerte. Un libro que, pese a no ser completamente exacto con la realidad, sí que se marca el objetivo de describir todo lo que significó esta para Miguel como escritor y como persona.

De capítulo único –no hay separación formal en actos ni en nada–, la historia constituye una especie de “carta” hacia de un pintor prestigioso hacia su hija; aunque, todo sea dicho, no considero que sea epistolar pues aun siendo un único escrito (en el que sólo hay un emisor, un receptor y la información se ofrece de forma unilateral) tampoco conserva la estructura propia de este recurso narrativo.

Otros puntos importantes como la trama y el contexto en el que se enmarca la acción se dejan entrever de vez en cuando,  sobretodo –y esto más lo segundo que lo primero– como un soporte para completar o detallar aun más la historia pero sin pretender que sea lo destacado o lo realmente determinante de la novela.

No es una novela particularmente larga, en una semana se puede leer perfectamente, y la recomiendo encarecidamente. Si bien no encuentro una razón de peso, o creo no encontrar una, la historia es bella y (a mí) ha conseguido entristecerme. Quizá la trama o la acción no vaya sobre efemérides épicas con dragones por el medio; sin embargo te hace vivir la literatura como un arte bastante ligado al mundo cotidiano y los dramas ligadas al hecho de vivir. En cierta medida, me parece un realismo psicológico escrito con muy buena pluma.

26.1.17

A mi yo escritor

La definición de un ser etéreo
con mil y una historias escritas
y otras dos millones por escribir.
Pero con una única vida,
tan suya como mía, que es imposible
–o él sencillamente es incapaz–
de describir, o plasmar sobre el folio,
en detalle y con honestidad,
cada uno de esos odios
cada uno de esos demonios internos
que yo estúpido retroalimento
que yo imbécil construyo.
Rencores que taponan los oídos
que mantienen mis párpados cerrados
y acelerado un frágil pulso.

Sólo  una condición le pude exigir
nada más aparecer entre la miseria,
entre las ruinas de mi pensamiento:
“¡Déjame en paz y sal de mí
con toda esta tormenta! Únicamente
imploro felicidad o el deseo
de no sufrir al no sentir nada”

Y en cierta medida, como un genio,
cumplió lo que ambos acordamos;
desahogando en prosa y versos
cada uno de mis llantos
y cada uno de estos sentimientos
que por no salir de mis ojos
o ser disparados de mis labios
fluían entre y con las palabras
aun desconociendo sus múltiples manejos
 y en cuyos significados nos perdíamos;
rescatando de la memoria  recuerdos viejos
pero siempre con bolígrafo en mano
trazando una –y sólo una– dirección,
buscando cerrar toda herida abierta
y ver cicatrizar a un agonizante corazón
que veía el pasar de los días
siendo yo su recipiente, ya vacío.

A mi yo escritor
o a cualquiera que lea mi alma
entre estos humildes versos:
¿Lo dicho antes pasó en realidad
o sencillamente necesito crear,
para mí, ese reflejo tan neutro?
Una coraza de arena y polvo,
una ilusión con la que estar cómodo,
un estado de indiferencia
fingiendo que nada me hacía sentir,
que no existía ninguna sensación capaz…
de afectar o perturbar mi paz mental
de zarandear este aparente equilibrio.


No lo consigo recordar…





17.1.17

El coleccionista de relojes extraordinarios - Laura Gallego

Ficha técnica:

Título: El coleccionista de relojes extraordinarios.
Autora: Laura Gallego García.
Editorial: Ediciones SM.
Publicación: 2004
Nº de págs.: 236 páginas.


Opinión:

“Para salvar el alma de su madrastra, Jonathan debe encontrar el reloj Deveraux antes de que transcurran doce horas. Está en algún lugar de la Ciudad Antigua. Pero a medida que avanza la noche, la ciudad va transformándose. Es y no es la misma…

La primera reseña del 2017 va a ser un tanto más juvenil que de costumbre –lo siento, las ganas por releer este libro eran demasiado fuertes para mi endeble alma –; eso sí, tampoco os acostumbréis demasiado porque, quitando esta obra –o más bien el género de la misma–, este año promete bastante contenido tocho (como me gusta llamarlo) en lo que respecta a libros y escritos propios. Aunque sobretodo de los primeros, que seguramente sean buenos y bastante más en la línea que he seguido en el blog… Si es que ha seguido una, claro.

Aunque la relectura fue el año pasado, creo todavía recordarme lo suficientemente bien de ella como para poder daros unos cuantos detalles de la obra. O repetir lo ya hablado, ya que la autora goza de un reconocimiento importante y estoy seguro que la gran mayoría de vosotros lo habrá leído.

La historia empieza situándonos sobre las andadas de una familia estadounidense que estaba de vacaciones en Ciudad Antigua, que pese a ser ficticia se encuentra en España. Esta familia, compuesta por un matrimonio y su único hijo, llegó a un popular museo de relojes recomendado por un folleto de información turística. Sin embargo, este estaba anticuado ya que no indicaba que el museo hubiese cerrado sus puertas al público varios años atrás. Pero nada para a Bill Hadley (el padre del protagonista) que, con un temperamento insistente y maleducado, consigue que un mayordomo les abra la puerta para que vean la colección. Lo que no saben, es que podrían haber ahorrado toda la historia posterior con poseer un mínimo de sentido de la ética y marcharse del lugar sin armar ese escándalo.

Dentro del museo aparece en escena el Marqués, un señor refinado que desprendía curiosamente un aura sobrenatural. Él era el dueño de la colección y los dejó contemplarla toda. O casi toda, pero tras la testarudez de Bill (la verdad es que no me resulta muy verosímil una actitud  tan terca, en  este caso por lo menos es justificable), no tuvo otra alternativa que enseñarles seis relojes más, los que faltaban. Seis relojes extraordinarios, cada uno de los cuales tenía un poder mágico particular. Uno, el Qu Sui, podía contener el alma de aquellos que tuvieran la osadía de tocarlo. Como no, a Majorie –la segunda mujer de Bill y madrastra del adolescente llamado Jonathan– le venció la tentación y, coherentemente, cayó inerte en el suelo. El Marqués le dijo a Jonathan que solamente podría salvarla si encontraba otro reloj, el Deveraux, antes de que transcurran doce horas.

A falta de una sinopsis, os he tenido yo que detallar un poco el contexto general en el que se enmarca la obra. La excusa que incentiva la historia no está mal dentro de los límites de su género, se adecua a las exigencias pero tampoco destaca por una gran construcción de la trama y personajes base desde los cuales se empieza la lectura. Cabe destacar que antes de esta hay un capítulo expresamente dedicado a la lucha entre dos hombres (siglos atrás) por un reloj que se iba a subastar. Pero que, como es normal, no se comprende este principio sin llegar a lo ya expuesto.

La historia aquí se desarrolla de forma bastante normal. Ni destaca ni es mala, simplemente entretiene.  Jonathan busca como un loco el reloj por la ciudad, todos saben algo sobre él pero no donde puede estar. Pero no es hasta que se encuentra con Nico, quien en un ataque de pánico le lanza un colgante. Jonathan lo coge, no sin estar un poco impactado por una reacción exagerada a su parecer, para darse cuenta –tras encontrarse con un demonio y con una chica llamada Emma – de que se había transportado a una realidad paralela.

Había ciertos mitos que esta ciudad paralela estaba  controlada por un conjunto de seres extraños que nadie sabía bien cómo, cuántos y quiénes eran. Y según este mito el reloj se encontraba en esa realidad. Así que se pone a investigar, junto a Emma, atravesando todos los rincones de esa realidad.

En líneas generales, el trasfondo de la historia así como el juego con realidades me gusta mucho y, personalmente, es lo mejor que tiene el libro. Los personajes ya son otra cosa; si bien se centra casi exclusivamente en Jonathan, este –al igual que los personajes secundarios– presenta escasamente una evolución psicológica. Son planos, en diferentes grados según la importancia que tienen para la historia.

Luego están los momentos en los que Laura Gallego fuerza algunas situaciones que ocurren en el libro para conectar la historia. Por ejemplo, os explico:

Jonathan y Emma acaban de salir de una adivina que les saca las cartas, una de las cuales es el colgado. Apenas unas páginas después se encuentran un ser humano escapando de la parca y…. «–¿Aún no lo entiendes? Ese Nadie es el Colgado. Y va huyendo de la muerte». Se deja tan poco espacio entre una y otra escena que da la sensación que se ha puesto a calzador para que la primera tuviese algo de sentido en la historia y no fuese meramente relleno. Y meter relleno para que el libro sean sólo 236 páginas es preocupante.

A nivel general –porque tampoco quiero contaros todo el libro, ¿sino que gracia tendría leerlo?–, la obra está bien ya que se adapta al público preadolescente al que se dirige, la historia es creativa y las diferentes partes de esta presentan relativamente una buena cohesión. El punto débil lo veo en los personajes y en los diálogos; haciendo parecer estos últimos que los personajes son un poco estúpidos.

Otra anécdota es que en la escena final hay dos personajes que hacen una batalla de intelecto para ver cuál de los dos se queda el reloj en su posición. Sin embargo, en el siglo XVII, estos mismos personajes –inmortales, advierto– se enfrentaron en un duelo con pistola. ¿Hola? Si dado que son inmortales tienen que combatir de esa forma tan peculiar, ¿por qué no se hizo exactamente lo mismo en el primer capítulo? Vale que no hay nada que lo hago obligatorio pero si para debilitar al oponente la única manera es esa, ¿para qué pegarse tiros?

¿Podría haber sido algo más? Podría, quién sabe, esa es la sensación que me dejó esta segunda lectura. Aunque ahora, escribiendo estas líneas, y con la mente más fría, quizá sea un poco arrogante exigir más pues el objetivo de la escritora no era hacer una novela compleja que ocupara quinientas o seiscientas hojas. A parte que yendo dirigía a chavales de diez a trece años, tampoco nos vamos a quejar por haber pasado hace tiempo esa franja de edad.

En definitiva, un libro para leer en una tarde de domingo cuando el aburrimiento y el paso del tiempo nos pesen sobre los hombros. Ligera, breve, entretenida… y para mí: nostálgica, saboreo aquellos tiempos donde lo leí por primera vez. Una primera vez que lo vi perfecto.